La noche caía sobre las Tierras Fronterizas. El silencio era absoluto, roto solo por el crepitar de la fogata. Las sombras danzaban contra los árboles centenarios, creando figuras que parecían susurrar secretos olvidados.
El guerrero observaba las llamas con la mirada perdida. En sus ojos se reflejaba algo más que el fuego: memorias de batallas pasadas, promesas rotas, y el peso de un destino que aún no comprendía del todo.